martes, 20 de julio de 2010





Neuquén > Diez minutos de tranquilidad, la que le daba su equipo dentro de la cancha, fueron suficientes. El gol de Miguel Ampuero era, en ese final perfecto ante Maronese, el prólogo del éxtasis. Miguel Silva abandonó la calma en el banco de suplentes y se unió, llorando, a la fiesta naranja. Su Patagonia acababa de ganar su primer título grande de Lifune y la historia le guardaba un lugar, como había soñado.
"A nivel personal yo quería quedar en la historia del club como el primer técnico campeón. Se nos escapó el año pasado contra Don Bosco (derrota 2-1 que lo dejó sin final), pero el fútbol te da revancha", comentó Silva, para quien ese día, después de su primer golpe, nació la esperanza que se concretó el domingo en Plottier.